jueves, 1 de marzo de 2012

LA TUTORÍA, BASE DEL ÉXITO EDUCATIVO


Angel, 14 años, 3º de ESO, se asomó a mi despacho nada más comenzar el recreo: "¿Puedo pasar?". Por la voz y la mirada supe que algo iba mal. Se sentó frente a mí, apretó con su puño el pañuelo que llevaba en la mano y empezó a contarme lo que le pasaba. Lo que me contó no es relevante en esta entrada, aunque debo reflejar que tenía que ver con la salud de su padre. Cuando acabó, se secó las lágrimas. Le tranquilicé como pude, aunque no hizo mucha falta. Se levantó y me dijo: "Sólo eso, profe, necesitaba desahogarme. Ahora estoy mejor". Le agradecí la visita. El se marchó reconfortado, tal y como me sentí también yo.

Al llegar por la mañana al instituto, pasé por cafetería a desayunar, como hago siempre. Allí estaba Ana, 17 años, 1º de Bachillerato. Le pregunté "¿qué tal?" y contra lo que es costumbre general, me lo contó. Poco a poco iba recuperando la confianza en si misma y se sentía cada vez más animada a terminar un curso que hacía 1 mes quiso abandonar. Su relación con su hermana había mejorado sustancialmente, lo que había producido un cambio en su modo de enfrentarse al mundo. Llevaba varios años sin tener una relación fluida con ella y ahora, por fin, las cosas estaban mejorando. "Profe, gracias por escucharme y darme consejos. Ahora todo va mejor. Me voz corriendo, que llego tarde a Filosofía. Creo que ya no hará falta que vaya a verte en los recreos. Puedes descansar de mí una temporada". Y se fue corriendo, con su medio bocadillo de tortilla.

¿Qué provocó ese cambio en estos alumnos y en otros tantos? El tipo de atención que se les ha proporcionado en momentos en que han necesitado algo más que lo que normalmente les ofrecemos en los centros. Estoy convencida de que si pudiéramos mejorar el conocimiento que tenemos de nuestros alumnos, si pudiéramos acceder eventualmente a otro tipo de relación, podríamos quizás provocar cambios que de otro modo somos incapaces de propiciar. Si el sistema educativo permitiera realizar ciertos ajustes en el proceso de enseñanza-aprendizaje, en concreto en la relación educador-educando, bastantes cosas cambiarían a mejor.

Estos días se debate acerca de los cambios educativos que se avecinan, y se buscan soluciones académicas al elevado índice de fracaso escolar. Pero no, creo que no es cuestión de más cambios estructurales, ni de recursos, ni de un nuevo modelo educativo. Bastaría con variar lo que tenemos, con darle otro enfoque. La clave está en la acción tutorial.

La tutoría es esa hora semanal tan necesaria en todas las etapas del sistema, aunque en los últimos años ha desaparecido en la etapa postobligatoria. Y siendo la tutoría crucial, se ve sometida a un maltrato persistente. La tutoría se elimina, se pone a 1ª o a 6ª hora para a veces obviarla, se sustituye por 1 hora más de la materia del tutor, quien considera que eso es más interesante, se "comercia" con esa hora desde el equipo directivo, etc. Y siendo, como considero que es, la hora más relevante de toda la jornada escolar del alumnado. Si se empleara bien, claro está. No es útil si supone una sobrecarga para el tutor, viéndose abocado a desarrollar un Plan de Acción Tutorial anacrónico y poco útil para sus alumnos, por ejemplo.

¿Qué propongo? Ampliar 1 hora más a la semana la hora de tutoría, eliminado la de Religión/Alternativa, por ejemplo. Pero ese aumento, debería servir para que el tutor pudiera desarrollar momentos de atención más personalizada con aquellos alumnos que lo necesiten: con los repetidores, con los acneaes, con los que no se integran, con los que promocionan por imperativo letal, etc. El tutor debería poder conocer a sus alumnos de un modo más individual, para poder ayudarles mejor. Y, aunque la ayuda no fuera real, ese contacto serviría a los alumnos para sentirse más atendidos y entendidos, lo que siempre es de una gran ayuda. También para nosotros.

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Lagartija Soy
Lagartija Soy

Políticamente incorrecta. Río por no llorar. Búscame en algún lugar al sol.

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