miércoles, 16 de enero de 2013

PRINCESA MALTRATADA


Había una vez una princesa que vivía en un castillo grande, antiguo pero alegre. El sol entraba a raudales por todas las ventanas. Su habitación era su mundo y estaba llena de cosas maravillosas, de regalos que le hacían sus seres queridos. Tenía muchos regalos porque era una muchacha adorable, bella, siempre riendo, con una sonrisa contagiosa, dulce, traviesa. Le gustaban las muñecas y tenía muchas, sobre la cama, en las paredes, en los muebles. Muñecas a las que cada día cuidaba, vestía, limpiaba, besaba y quería.

La princesa iba siempre primorosamente arreglada. Jamás faltó una corona en su cabeza ni carmín en sus labios ni laca en sus uñas ni joyas que la adornaran, aunque no las necesitaba puesto que su principal adorno eran sus ojos y son sonrisa. Esos ojos achinados, azules, pequeños. Esos labios que dibujaban permanentemente una sonrisa en su boca pequeña, en forma de corazón.

Y un día la princesa se enamoró de un joven que trabajaba en el castillo y desde ese día lo convirtió en su príncipe. Cada mañana se levantaba con su nombre en los labios, con su amor en la mirada. Y cantaba y se arreglaba y se cuidaba, todo por él y para él. Y se sintió correspondida y en cada gesto de él adivinaba una intencionalidad romántica. Sentía que él vivía para ella, que la amaba en silencio sin atreverse a confesarlo por miedo al rechazo. Se sabía admirada, amada, pretendida. Y a sus más íntimos amigos les confesaba aquel amor secreto, furtivo, que la embargaba y sumía en una dicha permanente.

Ayer tarde visité a la princesa en su castillo y no la encontré. La busqué por las estancias, por los interminables pasillos, por los jardines. Pregunté por ella a los sirvientes y no supieron darme seña de ella pero seguí buscando y la hallé. Estaba oculta, no quería ver a nadie ni ser vista. Tenía la cara sumida en llanto, demacrada, hinchada. Me senté junto a ella y la abracé y las lágrimas salieron como un torrente incontrolable, se desbordaron, se desbocaron, hasta salirse de su cauce e inundarlo todo. Lloró conmigo y yo con ella, hasta que no quedaron más lágrimas ni gemidos en su cuerpo.

Era el primer día que la vi sin su corona, sin sus joyas, sin uno de sus maravillosos vestidos. Me contó que su príncipe resultó ser una rana sin necesidad de besarlo. O peor que una rana, resultó ser una rata, un animal infecto, inmundo. "Gilipichis", dijo ella, utilizando la palabra más dura y soez que conoce, princesa de exquisitos modales. "Gilipollas, hijo de puta", exclamé yo, asustándola primero con mi enfado y despertando después en ella un tímida risa ante mi vocabulario desbocado.

Su príncipe sin corona resultó ser un maltratador, un villano violento, como tantos que circulan por el mundo, con total impunidad, hiriendo a mujeres entregadas, enamoradas. Un siervo al que ella elevó a la categoría de príncipe y al que entregó su dedicación y sus pensamientos y que abusó de esa adoración, devolviéndole a ella un empujón que la hizo caer al suelo y en la caída sus ilusiones saltaron por los aires, hechas pedazos. Y la princesa se levantó del suelo, sin su corona, convertida en una mujer herida, humillada, ya no más princesa. Ya sólo mujer maltratada. Otra más.

La abracé de nuevo, lavé su cara y la acompañé a sus aposentos. Busqué en su joyero y elegí la corona más brillante y se la acomodé sobre el pelo. Le pinté los labios de rojo y le puse sus anillos en los dedos.
 "No era un príncipe, en realidad, era sólo un siervo que no te merecía", le dije. "Y las princesas no lloran por los siervos. Tu príncipe está de camino, pero viene a caballo y por eso tarda. Cuando llegue, debe encontrarte bella y sonriente, para enamorarse nada más verte".

La princesa de este cuento tiene 60 años, se llama Sarita y tiene síndrome de down. Su castillo es la residencia en la que vive y el siervo -hijodeputa- es uno de los empleados de la residencia. Un maltratador al que he denunciado en alguna ocasión y que sigue impunemente causando dolor, con la anuencia de los gerentes del centro.






Lagartija Soy
Lagartija Soy

Políticamente incorrecta. Río por no llorar. Búscame en algún lugar al sol.