lunes, 1 de abril de 2013

EL CABALLITO DE MAR

El pequeño caballito de mar descansaba sobre el paño de terciopelo rojo. Era un caballito plateado y con piedrecitas de colores en la cola que se había convertido en el sueño de la niña que lo admiraba cada día en el escaparate de la pequeña joyería, camino de la escuela.

El deseo por esa joya era compartido también por el colgante de plata con una pequeña Heidi en su extremo.

Se acercaba el cumpleaños de su madre y a la salida de la escuela, la niña entró en la joyería. Al preguntar el precio del caballito supo que quedaba totalmente fuera del alcance de la economía de una niña de 9 años y defraudada se dirigió a casa, haciendo innumerables cuentas que no llegaron a cuadrar.

Pero no por ello dejó de admirar cada día aquella joya que le deslumbró desde el primer momento. Imaginaba el broche caballito de mar prendido de una blusa de su madre.

También ansiaba el colgante de Heidi en su cuello, pero sabía que nunca lo tendría.

Aquella tarde compartía merienda en su casa, con sus amigas, celebrando su cumpleaños. Al soplar las 10 velas, el caballito de mar estaba en su mente pidiendo un deseo con ella. Después, los regalos , o más bien, el regalo puesto que recibió una pequeña cajita de parte de sus amigas, amigas que compartieron con ella vasos de Mirinda y Casera y croquetas y tarta de galletas hecha por su madre.

Sus amigas la miraban expectantes mientras abría el regalo y la niña sintió que la emoción de ellas era superior a la suya propia.

Las lágrimas brotaron espontáneamente, incontroladas, al descubrir la pequeña Heidi de plata en el fondo de la cajita con las letras de la joyería. Y la emoción de la niña fue alentada por el entusiamo del grupo de amigas generosas que conocían el secreto de la muchacha. Aplaudieron y besaron y deboraron la tarta.

Esa tarde el colgante adornó el cuello de la homenajeada, únicamente esa tarde ya que por la noche devolvió la joya al interior de la cajita y la envolvió de nuevo.

A la mañana siguiente depositó la cajita en el mostrador de la joyería y al cabo de un rato salió de allí con otra cajita en la que dormía el caballito de mar y Heidi volvió a ocupar su puesto en la vitrina del escaparate.

Llegó el cumpleaños de su madre y.la emoción por la sorpresa que iba a darle era tan grande que no dejó de sonreir en el trayecto del colegio a su casa.

Llamó a la puerta y se extrañó de que fuera su padre quien abriera ya que jamás estaba en casa a esas horas.

En el pasillo oyó el llanto contenido de su madre, mientras el médico atendía al hermano mayor de la niña, postrado en su cama. Su querido hermano, que aunque nació dos años antes que ella, en realidad era más pequeño, ya que su edad quedó detenida en los cuatro años que tenía cuando una encefalitis detuvo su cerebro para siempre.

Aquel día su hermanito tenía una nueva crisis, pero más aguda que otras. Fue hospitalizado en un hospital infantil donde permaneció meses.

Diecisiete años tenía la niña cuando sus padres -inmigrantes en aquella ciudad-, decidieron volver a su.lugar se origen, tras años de trabajo.

El camión de la mudanza desmontó muebles y vació cajones y estantes y al hacerlo, una pequeña cajita cayó al suelo y la joven la recogió. Ignoraba qué podía ser y al abrirla lágrimas brotaron de sus ojos al admirar un pequeño caballito de mar en el fondo de la preciosa cajita de joyería, primorosamente envuelta, en la que el caballito llevaba dormido siete años.

Lagartija Soy
Lagartija Soy

Políticamente incorrecta. Río por no llorar. Búscame en algún lugar al sol.