sábado, 19 de marzo de 2016

La mujer del maletín


Debería llamarse Ulises. Su vida transcurre en un continuo viaje, de casa al trabajo y viceversa. El tiempo transcurrido en llegar al trabajo ha sido en muchas ocasiones superior al tiempo dedicado al mismo. Es importante llegar, pero para ella la verdadera aventura es el propio camino. Su trabajo le ha permitido durante años hacer las cosas que más le gustan: viajar, conducir y escuchar música. Y todo ello en soledad, lo que convierte todo ello en una experiencia superior.

5 de la mañana. Planificación de la jornada. Dos reuniones de coordinación, tres entrevistas, tres evaluaciones. Cojo el maletín y salgo de casa. Ochenta kilómetros más tarde la nieve dificulta enormemente el viaje y  avanzo lentamente dejándome llevar por el sonido de las habaneras que suenan en mi equipo. A mi alrededor  todo es blanco, y mientras mentalmente preparo mi primera intervención del día, me siento azul. El azul del mar, de la Costa Brava, tan lejana. Siempre tan lejana.
8 de la mañana llego al pequeño pueblo de montaña, separado de mi casa por cuatro difíciles puertos y 200 kilómetros y parece un mundo totalmente diferente. Jamás podría acostumbrarme a esta altura, a este silencio, a este vacío. Entro en el único bar, de la única calle, y pido un café. Los dos paisanos  instalados en la barra de mármol me miran como si fuera una aparición. Con el café me ofrecen unas gotas (orujo), que desestimo con amabilidad. Recompuesto el cuerpo me dirijo a la pequeña escuela, corazón de la inaccesible montaña, cuyos latidos son las risas de los cinco únicos niños que la pueblan. Entro con el maletín a visitar a una niña que manifiesta una extraña conducta ritual. La pequeña Cecilia, que a sus seis años no juega con los otros niños, y permanece ausente en un rincón, mientras mece su cuerpo al son de su soniquete “run-run-run”
10 de la mañana emprendo de nuevo viaje y la ruta me lleva 100 kilómetros al sur, donde el paisaje muta del blanco al amarillo y el clima es más benigno. En la localidad entro en el bar y recompongo de nuevo mi cuerpo con un té y una tostada. Más tarde, maletín en mano, seré recibida en una casa en la que la más pequeña de la familia me mira desde su cama, y con el desafío de sus cinco años en la mirada, me recibe curiosa. Nunca ha pronunciado una palabra y mi encargo es que sea capaz de extraer de su boca palabras que desconozco si quiera si será capaz de pronunciar. Abro ante ella mi maletín y la vaca Paca y yo iniciamos un diálogo. La madre y la abuela observan la escena y dudan de mi salud mental. Mi intuición me dice que unas sesiones más tardes será la pequeña Matilde quien hable con el peluche.
12 de la mañana. Las habaneras me acompañan de nuevo y las olas de mi Costa Brava me llevan al despacho de alguien importante de donde saldré una hora más tarde con la seguridad de que las personas realmente importantes de esa jornada son las pequeñas Matilde y Cecilia.
20 horas. Seiscientos kilómetros y cuarenta habaneras más tarde llego a casa.

Otras jornadas diferentes cambiará la Sierra de Gredos por la cuenca minera asturleonesa, en cuyas montañas resuenan ritmos de Jazz. Cada destino tiene un sonido diferente. El paisaje, la carretera, el clima, el aroma de los campos, inspiran músicas distintas. Cálidas Habaneras en las frías tierras de Ávila, emocional Jazz en las lejanas montañas de León, alegre Country entre los viñedos de la Ribera de Duero, Mecano en los secos pueblos de la zamorana Sierra de la Culebra y Fados, como no podía ser de otra manera, en los decrépitos pueblos de la raya portuguesa.

A todos esos lugares se acerca con su maletín, como la figura que en ámbitos de la psicología se conoce como “el mago sin magia”, y llega cargada de la energía que le infunde la música (como dice su querido amigo Javierla música es vida”) Abre el maletín y de él extrae toda la magia que ha atesorado en años de viajes y la comparte con quien la necesita.










Lagartija Soy
Lagartija Soy

Políticamente incorrecta. Río por no llorar. Búscame en algún lugar al sol.

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