viernes, 3 de junio de 2016

Amar, respetar, cuidar.



- Para vivir así no merece la pena vivir - me dice en voz baja la señora que tengo sentada a mi lado. La miro y cuando recoge mi mirada la lleva hacia donde otra mujer está sentada. Es una mujer de edad imprecisa, con grave daño neurológico. Sordomuda, deficiente, con dificultad motora. Está acompañada por otra mujer que la cuida. 

- Válgame Dios, qué tormento vivir así - repite la mujer sentada a mi izquierda.

La miro y asiento. No sé si merece la pena vivir así, -pienso-, tal aseveración sólo puede realizarla quien se encuentra en esa situación. Lo malo es que normalmente las personas que están en ese estado no tienen esa capacidad de discernimiento. Puedo afirmar, eso sí, que yo no quisiera vivir así, aunque resulta tramposo insinuarlo desde mi acomodada situación. Por supuesto, que si comparo mi vida con la suya, me temo que salgo ganando, pero ignoro quién saldría ganando si fuera aquella mujer, desde su precario estado, quien pudiera hacer tal comparación. 

En esos dos metros que nos separan, existen millones de matices e interpretaciones. No puedo ser juez, sobre todo porque soy parte. Me niego a opinar; toca limitarse a amar, respetar, tal vez cuidar. 

Ojalá nunca me toque estar en esa situación. Ojalá nadie llegue a opinar jamás que una vida -la mía-, no merece la pena ser vivida. Mientras tanto, amar y respetar, y tal vez cuidar. La vida sería un lugar mejor, con esas premisas.

Mi vecina de asiento se levanta finalmente y termina por alejarse de una situación que claramente la incomoda. La mujer que hay más allá me mira con unos ojos chispeantes y le guiño un ojo. Me devuelve una sonrisa enorme y al hacerlo, comprendo de golpe que a mí quien me incomodaba era la mujer sentada a mi lado.




Lagartija Soy
Lagartija Soy

Políticamente incorrecta. Río por no llorar. Búscame en algún lugar al sol.