lunes, 30 de abril de 2012

Chucherías de los años 60 y 70



En estas chuches me gastaba el capital. Debo confesar que algunas las birlaba en el kiosko, pero no es este momento de confesiones, oiga.

De pequeña, mi lugar favorito era la tienda de golosinas, Dulcilandia se llamaba. Ya no existe, pero este es el anuncio de su inauguración.




Y ahora voy a repasar las golosinas que más me gustaban cuando era pequeña:


El regaliz de palo. Me chiflaba. Ahora en los kioskos apenas se ve. Ha quedado relegado a su venta en herbolarios, como raíz con efectos digestivos. Un trozo podía durar días. Para que no se secara, había que dejarlo sumergido en un vaso con agua y al día siguiente mantenía todo su sabor. Se chupaba y chupaba hasta que se gastaba. 

También se podía comer, masticándolo, pero era mejor de la otra manera.



Me gustaban estos heladitos de oblea y merengue



El chicle más grande que he conocido. Y sabrosísimo. 
Eran como varios discos superpuestos de color rosa y blanco. Al principio resultaba duro debido a su anchura pero en cuanto lograbas ablandarlo, duraba un montón.


 Rico caramelo masticable que se pegaba en los dientes, como todos. Sabía a avellana.


 Chicle de regaliz. Lo más de lo más. Dejaba los dientes negros.


 Chicle Dunkin, Entraba un juguetito de regalo en la bolsa. Riquísimo sabor a fresa.


 Mis favoritos, los chicles Niña, con cromos de muñecas y vestidos. Riquísimos.


 Los palotes se siguen vendiendo. Por ellos no pasa el tiempo. Caramelos masticables.
                                         Así se anunciaban en la tele cuando yo era chica:


Flaggolosina, mi rico helado, del congelador lo saco congelado...




 Caramelos en tiras. Eran ácidos y ponías caras al comerlos. De sabores.



Los caramelos Pez han resistido perfectamente el paso del tiempo.




 Confites de anís en el interior de juguetes de plástico.




 Cigarrillos de chocolate, para imitar a los adultos. Creo que ahora están prohibidos.


Ricos paraguas de chocolate. Yo los dejaba en la boca hasta que se derretían del todo. Coleccionaba los palitos y el papel, que intercambiaba con mis amigas.
 Desde luego, de cualquier cosa hacíamos un hobby.


Me encantaban las monedas de chocolate...



 Pastillas de leche de burra. Riquísimas y, al parecer, buenas para la salud.


 Pitagol, caramelo que pitaba. Para sacar de quicio a todo el mundo. Recuerdo que en las tardes de verano, a la hora de la siesta, estaba prohibido comer el Pitagol.


 Me encantaba extenderlo sobre la mano y chuparlo. Miles de granitos estallaban en la lengua (cris-cras-cris-cras). También se podía meter el dedo y chupar. Y si untabas "pegadolça" (regaliz), era una auténtica delicatessen.



Y finalmente, un pasatiempo relacionado con el consumo de chucherías: coleccionar los papeles dorados y plateados. Yo les pasaba la uña hasta dejarlos finíiiiiisimos. Luego los guardaba en una preciosa cajita de madera que llevaba en mi mochila para intercambiarlos durante el recreo.





Lagartija Soy
Lagartija Soy

Políticamente incorrecta. Río por no llorar. Búscame en algún lugar al sol.